martes, 22 de agosto de 2017

No tinc por

Estos días en Barcelona han sido un antes y un después, desde mi punto de vista, tanto para la globalidad, como para el particular mío concreto, también.

Más allá de las distintas perspectivas y opiniones que se producen de cada hecho, y más allá de las perspectivas casi comunes que tenemos los humanos de estos hechos, mientras estábamos reunidos en el encuentro, nos fuimos dando cuenta de que ver aquello que nos separa, nos da acceso a lo que nos une. Sí, un poco al revés de lo que suelen decir los políticos: “mirar lo que nos une, en lugar de lo que nos separa”.

Barcelona es un acceso de la Tierra a las más diversas configuraciones humanas. Caminar por sus calles es nutrirse de una diversidad que es tan notoriamente genuina, que ni siquiera, en algún punto, llama la atención. La comunicación de la diversidad es una naturalidad de la ciudad.

El potencial de la comunicación entre aspectos tan distintos, y también, la expresión de todo lo que impide la comunicación de los aspectos distintos.

Dentro de uno mismo, sucede también esa incomunicación, entre las distintas velocidades de frecuencia. Aspectos muy veloces que internamente me informan sobre lo mal que hago las cosas, y sobre cómo debería hacerlas en forma diferente. Aspectos internos que arrasan, literalmente, con el propio diseño, y nos hacen sentir los seres más despreciables de la tierra. Aspectos que culpan a lo externo de aquel sentir, que culpan al que tiene lo que yo no tengo, “que me roba” lo que es legítimo para mí, sin percibir que es dentro de mi propio sistema lógico donde no veo cómo me estoy robando a mí mismo las capacidades legítimas que tengo como humano.

La verdad, que nos separan infinidad de cosas, y creo que es muy dificil, si no imposible, buscar donde nos une, sin ver la lógica de lo que nos separa. Sin ver lo que nos separa, lo que nos une es un yugo obligatorio que termina por no dejarnos respirar. Un yugo en el que las personas se sienten impotentes, porque no perciben la libertad de su propia independencia.

También estos días me ha quedado muy claro, que aquel reclamo legítimo de la individualidad libre del ser humano, no es un asunto que se pueda gestionar desde los sistemas políticos, ni es un asunto de banderas, porque en absoluto es un asunto del sistema, sino de la persona humana común que retoma el protagonismo de su existencia. Que no es un asunto de regionalidades o comunidades autónomas, sino de autonomía vital de cada una de las personas, y que es global, nos pertenece a todos.

Sin la autonomía del ser humano común, el primer yugo es ceder la autoridad al sistema. Si no tengo una independencia con el sistema que cree estar gestionando mi libertad, el yugo sigue intacto.

También estos días, mirando a la gente común pasear por las calles de Barcelona, haciendo su vida común, rutinaria, se me hacía muy evidente el potencial del individuo simple, que no tiene título alguno en el que presentarse en ninguna tribuna. La persona común es la que va consiguiendo que las cosas importantes se tomen en forma distinta, no los políticos. En todo caso, según voy viendo, los políticos no tendrán más alternativa que tomarlo distinto, cuando las personas comunes vayamos adquiriendo la madurez de asumir la gestión de nuestros miedos y nuestra protección, nuestra supervivencia, y haciéndonos realmente autónomos y que el sistema recupere su posición gestora. 


El sistema no tiene por qué gobernar en mis miedos, si me hago cargo de los mismos. Gestionar los hechos no es lo mismo que gobernar sobre los sentires de los que no nos hacemos cargo. Y por supuesto, no es lo mismo el miedo legítimo que nos mantiene vivos, que el miedo generado por la distorsión de no reconocernos en esencia.

"No tinc por" (no tengo miedo, en catalán)



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